ELOY ALFARO (1842-1912)
"Los hombres indiferentes a la desventura de la Nación, aunque sean privadamente laboriosos, son los auxiliares inconscientes de las desgracias y corrupción de los pueblos" (Mensaje a la Nación, 1895)
PRESIDENCIA DE ELOY ALFARO Jefe Supremo: 5 de junio de 1895 a 9 de octubre de 1896. Presidente Interino: 9 de octubre de 1896 a 17 de enero de 1897. Período Presidencial: 17 de enero de 1897 a 31 de agosto de 1901. Primera Dama: Ana Paredes Arosemena. Vicepresidente: Manuel Benigno Cueva: 17 de enero de 1897 a 31 de agosto de 1899. Carlos Freile Zaldumbide: 31 de agosto de 1899 a 31 de agosto de 1901. Eloy Alfaro


ENTRE DOS FUEGOS

Eloy Alfaro apoyado por la burguesía y los montoneros llegó al poder el 5 de junio de 1895. En este período liberal gobernaron hasta 1912: Alfaro, Leonidas Plaza, Lizardo García, Alfaro, Emilio Estrada y Carlos Freire Zaldumbide. La burguesía incluía a importadores, exportadores y banqueros. Buscaba libertad para modernizar la producción agrícola, mejorar el crédito exterior, mover con facilidad el dinero, contratar con ventaja la mano de obra, abrirse al progreso ma-terial y a la cultura laica. Los montoneros, los indios, los pequeños campesinos, artesanos e intelectuales radicales querían igualdad, tierra y educación. Querían, sobre todo, muerte a las instituciones que los maniataban a los dueños de la tierra y del dinero. Quien podía unir estos intereses, en gran parte opuestos entre sí, era Alfaro, el hombre de la fraternidad. Gobernaba entonces Luis Cordero (1892-1895) con ministros de su Partido Progresista y también de la oposición como el liberal Luis F. Borja y el con-servador Pablo Herrera. Cordero respetó la libertad de prensa, impulsó la edu-cación primaria, tendió 400 kilómetros de líneas telegráficas y llevó los misioneros salesianos a Méndez y Gualaquiza para fortalecer la presencia ecuatoriana en la Amazonia. Cuidó con afán el crédito pagando con puntualidad y sacrificio la deu-da externa hasta que el Congreso de 1894 suspendió los desembolsos a causa del déficit fiscal originado en la recesión económica mundial y en gastos de defensa. La burguesía liberal se impacientaba con las tibias reformas modernizantes del progresismo. Los radicales se impacientaban por la tolerancia del progresismo con la Iglesia y la falta de propuestas sociales renovadoras. La Iglesia y los conservadores se irritaban con la moderación ideológica del progresismo y su inclinación a la economía liberal. Hubo provocaciones: El obispo Pedro Schuma-cher de Manabí, conservador fundamentalista, había excomulgado a Felicísimo López, senador liberal por Esmeraldas. El Senado de mayoría conservadora desca-lificó al senador no por inepto sino por excomulgado. Sintiéndose segura, la prensa partidista atacaba con dureza el centrismo del Gobierno. Y éste con "la Venta de la Bandera" dio pie a que conservadores y liberales se unieran para echarlo del poder.


EL ESMERALDA

Japón crecía en detrimento de los países subdesarrollados del Este de Asia. En 1894, las intrigas japonesas en Corea provocaron una guerra con China. Japón quiso fortalecer su Armada y acudió a la Casa Flint de Nueva York, una suerte de pre transnacional naviera. Flint le sugirió que comprara el crucero de guerra chile-no Esmeralda, y como Japón le adujese que no podía hacerlo porque Chile se había declarado neutral, Flint dijo que acudiría a sus amigos ecuatorianos. Uno de ellos era José María Plácido Caamaño, ex presidente de la República y gobernador de Guayas. Caamaño aceptó fingir que Ecuador compraba el crucero a Chile y que lo vendía a Japón. El Esmeralda navegaría bajo el pabellón ecuatoriano hasta Hawai. Como pago, Chile ofrecía apoyo moral a Ecuador y materiales de guerra en caso de un conflicto con Perú. En un telegrama del 20 de octubre de 1894 a Caamaño, Cordero autorizaba cerrar el trato a condición de que el barco navegara con ban-dera chilena desde Valparaíso a las Galápagos. El contrato entre los gobiernos de Japón y Ecuador se firmó en Nueva York el 23 de noviembre, pero la condición puesta por Cordero no fue obedecida. Tampoco Cordero fue informado de que había una comisión en dólares. El 3 de diciembre, Caamaño la reclamó a Flint pero no se sabe si llegó a cobrarla. Según Gonzalo Ortiz Crespo, investigador de los pormenores de la venta, este es un ejemplo claro de que el capitalismo estaba entrando a la fase imperialista. A Flint nunca le importaron las consecuencias de su negociación para el futuro de Ecuador. Los negocios estaban por encima de las soberanías nacionales. El 3 de enero de 1895, estalló la noticia. En Ecuador se levantó una protesta que fue creciendo. Cordero no acertaba a explicar con claridad y firmeza lo sucedido. Solo cuando Caamaño trató de echarle el muerto, Cordero le exigió la renuncia. El 12 de febrero, Milagro se levantó en armas y luego, la Costa. Las provincias del norte y del centro de la Sierra se opusieron al Gobierno. Hubo enfrentamientos. El 9 de abril los conservadores y liberales se tomaron Guaranda y desconocieron a Cordero. El 10 de abril se luchó en las calles de Quito e incluso el presidente y sus hijos Luis y Miguel, de 18 y 16 años, empuñaron las armas contra los conservadores sublevados. El 15 de abril renunciaba el presidente ante el Consejo de Estado: "El deseo que tengo de que la paz se restablezca, el orden se consolide y no siga corriendo sangre de hermanos en una bárbara contienda civil es el que me induce a separarme de la Magistratura ...". Cordero regresó a Cuenca por las breñas de la cordillera Central. Once meses después, la Asamblea Nacional constituida en Gran Jurado para conocer las infracciones cometidas en el negocio del crucero de guerra chileno Esmeralda, declaró haber lugar a formación de causa contra el ex presidente Cordero y el ex ministro de Hacienda, Alejandro Cárdenas, por cuanto creyó que eran responsables de la "simulación de un contrato injusto en sí mismo, contra la manifiesta conveniencia de la República, y con suposición de malversación de los caudales públicos y de soborno o cohecho". En junio de 1898, el fiscal Adolfo Páez pidió el sobreseimiento, y el presidente de la Corte Suprema, León Espinosa de los Mon-teros, dictó auto de sobreseimiento definitivo. La Corte Suprema de Justicia aprobó el auto de su presidente.


CINCO DE JUNIO

La "Venta de la Bandera" había unido a liberales y conservadores en la lucha pero no en el destino de la lucha: los radicales peleaban por una verdadera revolución; los conservadores, por un mero cambio de Gobierno. El vicepresidente se hizo cargo del poder. Vicente Lucio Salazar, muy enfermo entonces y casi paralítico, convocó a elecciones presidenciales. Darío Morla triunfó en Quito sobre Alfaro. Morla, liberal moderado, obtuvo 725 votos; Alfaro, 276. En Guayaquil, el pueblo arrojó las urnas a la ría. Y se desató una lucha de sangre, ideas y modos de entender la vida. La Costa en bloque acogió el modelo liberal. La Sierra se dividió entre liberales y conservadores, azuzados estos por la Iglesia que compa-raba el liberalismo a "un monstruo en el infierno, espantoso, indescriptible",... "a la gran ramera de Babilonia que vio san Juan en el Apocalipsis", según la novena carta pastoral del arzobispo de Quito Pedro Rafael González y Calisto. A fines de abril, Carlos Concha Torres ocupó Esmeraldas. A comienzos de mayo, Manuel Serrano triunfó en El Oro. Hacia fines de mayo, Riobamba se pronunció contra el Gobierno. El 4 de junio, el pueblo de Guayaquil asaltó los cuarteles y entregó el poder a una Junta de Notables que desconoció el gobierno de Vicente Lucio Salazar y nombró jefe civil y militar a Ignacio Robles. El 5 de junio, una Asamblea Popular reunida en Guayaquil se impuso sobre los Notables y nombró a Eloy Alfaro jefe supremo de la República: "La burguesía, muy a regañadientes, tuvo que aceptar la dirección del peligroso caudillo", acota el historiador Enrique Ayala Mora. El acta revolucionaria fue firmada por 15.784 personas. Alfaro se hallaba en Nicaragua. Llegó a Guayaquil el 19 de junio y asumió el mando. Buscó un arreglo pacífico con el presidente Salazar y con el Ejército gobiernista comandado por el general José María Sarasti. Fracasada esta tentativa, Alfaro emprendió una campaña para conquistar la Sierra. Sus tropas triunfaron en las provincias de Azuay (Girón), Bolívar (San Miguel de Chimbo), Chimborazo (Gatazo) y Tungurahua (El Socavón). Vicente Lucio Salazar, muy enfermo, renunció en julio. Carlos Mateus, presidente del Senado, con quien Salazar se alternaba en el poder, lo hizo en agosto. Aparicio Ribadeneira, ministro de lo Inter-ior, que sucedió a Mateus, abandonó la capital y se retiró a Tulcán para proseguir la lucha. A fines de agosto, una Junta de Notables proclamó en Quito la jefatura suprema de Alfaro y nombró jefe civil y militar de Pichincha a Belisario Albán Mestanza. El 4 de septiembre de 1895 entraba Alfaro en la Capital. Había en las calles una temerosa prevención. Empezaba para Ecuador el "Siglo de las Luces".

"EL VIEJO LUCHADOR"
El programa de mi Gobierno será de reparación, nunca de venganza, nada de resentimientos por lo pasado; justicia y justicia inquebrantable debe ser, desde ahora, nuestra sagrada consigna", fueron las palabras de agradecimiento al pueblo guayaquileño, consignadas en un telegrama fechado desde Managua, Nicaragua, el 6 de junio de 1895. Eloy Alfaro era un hombre radicalmente bueno. Cada Jueves Santo reunía en su mesa de presidente a doce mendigos, comía con ellos y les pedía la bendición. "Callado y meditativo, tenía el arte de convencer a sus correligionarios... Era intachable en su vida íntima, digno y morigerado en su persona, generoso y leal con sus amigos, no insensible a las penalidades de los humildes": así lo retrata un educador católico, el hermano de la Salle, Eduardo Muñoz Borrero. La grandeza de Alfaro se asienta en su visión histórica y en su tenaz voluntad. Entendió que Ecuador necesitaba libertad y justicia. Libertad nacida de una razón deliberante que llegara hasta las últimas consecuencias en la vida pública: la separación de la Iglesia y del Estado. Una libertad nacida de la primacía de la ética social basada en la soberanía de la conciencia humana, independizada de cualquier otra moral conectada con las fuentes religiosas. Era el espíritu de la época en América Latina. Y una justicia que diera alguna oportunidad de vida mejor al indio, al campesino, al negro, a la clase popular postergada desde el comienzo de la Colonia y a lo largo de la historia republicana. Pero esta visión se volvía operante gracias a una voluntad práctica de lucha por el cambio pese a la derrota, a la frustración y a que la victoria de la libertad tardó 31 años en llegar.

"GENERAL DE LAS DERROTAS"
José Eloy Alfaro Delgado nació en Montecristi, entonces capital de la provincia de Manabí, el 25 de junio de 1842. Fue el quinto hijo del capitán Manuel Alfaro y González, nacido en Cervera del Río Alhama, La Rioja, España, y de Natividad Delgado López, montecristeña. Alfaro González había emigrado principalmente por motivos políticos: era un republicano liberal en la España represiva del restaurado Fernando VII. En Manabí se dedicó al comercio y a la exportación de sombreros de paja toquilla. Cuando el padre contemplaba los accesos de cólera del hijo pequeño, decía "va a tener vida alborotada". La propia educación de Alfaro fue alborotada: primaria en casa, secundaria con un profesor privado europeo que le enseñó contabilidad y comercio, viajes con su padre a las Antillas y a Lima por asuntos comerciales, y exposición continua a los consejos paternos: "Vuestra religión debe ser amor a Dios, caridad con el prójimo, resignación en el sufrimiento, perdón de todo agravio, humildad en todo caso y benevolencia con el infortunado y desvalido". Al enterarse el joven Eloy Alfaro de que Gabriel García Moreno había pedido el protectorado a Francia, se unió a las filas liberales. A los 22 años de edad empuñó las armas contra García Moreno, pero tuvo que salir del Ecuador porque la conspiración urdida por el general Tomás Maldonado había sido sofocada. Corría 1864. Al año siguiente regresó para combatir junto al general José María Urvina en Jambelí. Derrotado y perseguido, Alfaro ancló en Panamá, departamento de Colombia todavía, en donde con su trabajo se labró una fortuna y contrajo matrimonio con Ana Paredes y Arosemena, panameña de 16 años de edad, a la que amó fielmente a lo largo de la vida, y con quien tuvo nueve hijos. Sin la fortaleza de su esposa que sobrellevó con entereza las separaciones y sobresaltos ocasionados por la interminable lucha militar y política del esposo, Alfaro no habría podido sembrar lo que sembró. En Panamá conoció a Juan Montalvo, a quien protegió y financió la edición de algunos de los inmortales ensayos. Muerto García Moreno en 1875, Alfaro regresó a Ecuador, luchó por la abolición de la octava carta política conocida como "Carta Negra" y por la convocatoria de una Convención. Se unió a Veintemilla y se distinguió en Galte, la batalla que consolidó la jefatura suprema de ese general. Pronto se decepcionó de él, volvió a Panamá y retornó a Guayaquil en abril de 1878 para combatirlo. En noviembre de ese año fue apresado y cargado de grillos hasta marzo de 1879. Gracias a la valien-te defensa de Montalvo fue puesto en libertad y expulsado a Panamá. Como su fortuna material había venido a menos, pues con ella financiaba su activismo libertario y porque Panamá había entrado en crisis económica, Alfaro cayó en la pobreza. Trabajó como periodista, pero volvió a la carga en 1882 al proclamarse Veintemilla nuevamente dictador. Cuando Alfaro contó a su madre que se aproximaba la guerra civil, recibió de ella esta bendición: 'Bien está. Vaya usted a cumplir sus deberes con la patria'. Se embarcó para Esmeraldas y asumió la dirección del movimiento armado, pero fue vencido y tras un escape prodigioso y lleno de sufrimientos a través de los Andes y la selva llegó a Panamá. Allí le nació una hija a la que puso el nombre de Esmeralda. Y volvió otra vez a combatir en la campaña de la Restauración, lo que le valió ser nombrado jefe supremo de Manabí y Esmeraldas. Los opositores le echaron en cara el decreto del 2 de julio de 1883, en el que ordenaba que los "sindicados sean juzgados sumaria y verbalmente sin apelación" y que "los bienes de todos estos criminales se les confisquen mientras dure la guerra y para emplearlos en sostener la guerra". Sus tropas fueron las primeras en cercar a Guayaquil. Combatió en la batalla del 9 de julio de 1883 y entró triunfante en la ciudad amada. Convocada la Convención de 1884, renunció a la jefatura suprema de Manabí, recibió la confirmación de su grado de general y se desterró del Ecuador. Poco después, volvió para combatir a Caamaño y liderar a los montoneros. Su nombre se iba tornando legendario. Pero asimismo se le acusó de haber hecho la guerra a Caamaño "apenas éste fue elegido y sin el más leve pretexto para una sublevación". En diciembre de 1884 perdió el combate naval de Jaramijó en el vapor "Pichincha", antes "Alajuela", contra la flotilla del presidente Caamaño, comandada por el general Reinaldo Flores. Para no rendirse, encalló la nave y la incendió. Escapó a Panamá atravesando Colombia en una odisea plagada de dificultades de la que salió nimbado con la aureola de héroe mítico siempre derrotado pero jamás definitivamente vencido. "General de las Derrotas" lo llamaban entre despectivos y asombrados sus grandes enemigos conservadores.

COSMOPOLITA
Viajó por Guatemala y El Salvador buscando apoyo para la causa y se estableció en Perú. Pese a estar expatriado, obtuvo votos en las elecciones de 1888 ganadas por el progresista Antonio Flores. En el Perú publicó "La deuda gordiana", un análisis histórico de la deuda externa ecuatoriana y una crítica a la renegociación de Antonio Flores. De Perú pasó a Chile, Argentina y Venezuela. La patria de Bolívar lo recibió con cariño y le ayudó con dinero para el triunfo de la libertad. Fue a los Estados Unidos, donde no consiguió apoyo, y regresó a Centroamérica. Allí medió con éxito para un acuerdo de paz entre Guatemala, El Salvador y Honduras. Había empezado el decenio de 1890. Se estableció en Nicaragua, que lo veneraba. En este viaje apostólico por las Américas hizo amistad con José Martí y Antonio Maceo, mártires de la fallida independencia de Cuba, a cuyo servicio puso Alfaro su talento creador. El contacto con los países americanos influyó en el pensamiento de Alfaro. Siguiendo a Bolívar y adelantándose a los tiempos, soñaba con la utopía de una patria grancolombiana, de un continente original, unido por la hermandad, la justicia y la libertad. Había llegado a la plenitud de su existencia. Y entonces fue llamado por el pueblo de Guayaquil el 5 de junio de 1895.

JEFE SUPREMO
Alfaro ejerció la jefatura suprema hasta el 17 de enero de 1897. En este año y medio, la revolución cabalgó sobre un potro de tormentos nacidos del espíritu conciliador y de la prudencia reformista de Alfaro, de las exigencias de cambios drásticos pedidos por la impaciencia de los radicales, de la subversión de los conservadores, de la violencia del clero y de la represión y ambiciones de los propios alfaristas. La primera medida fue exonerar a los indios del pago de la contribución territorial y del trabajo subsidiario, y gobernar con todos los sectores del liberalismo. La segunda, aplacar a la Iglesia: escribió al papa León XIII para presentarse y le pidió que canonizara a la quiteña Mariana de Jesús Paredes y Flores. El Papa le contestó con paternal bondad, pero la Iglesia local no estaba dispuesta a la paz. "Rechace el Señor a los espíritus infernales (del liberalismo)", arengaba el huido obispo de Manabí, que dirigió una invasión desde Colombia, mientras el desterrado obispo de Loja lo hacía desde el Perú. Los conservadores se sublevaban en el norte, en el centro y en el sur de la Sierra. Los predicadores incitaban a la guerra santa. Hubo abusos y desmanes: el coronel Manuel Antonio Franco, el hombre duro de Alfaro, expulsó a los capuchinos de Ibarra. Las tropas liberales asaltaron el Palacio Arzobispal de Quito, quemaron la biblioteca y el archivo, injuriaron al arzobispo González y Calisto, paladín de la cruzada antiliberal, e hicieron la parodia de fusilarlo si no gritaba "!Viva Alfaro!". El arzobispo respondió dulcemente que "¡Viva hasta que muera!". Se persiguió a los hermanos de la Salle, a los padres salesianos y redentoristas y se apresó a algunos sacerdotes y religiosos, sobre todo, a los dominicos. Y expulsó de la misión del Napo a los jesuitas, "destruyendo con un sólo mandato sacrificios, beneficio y costos sostenidos durante muchas décadas, interrumpiendo así... la defensa del territorio oriental", como señala el historiador Luis Robalino Dávila. El coronel Antonio Vega Muñoz al mando de fuerzas conservadoras tomó Cuenca el 5 de julio. Cuenca estaba sicológica y militarmente preparada para resistir. Por las noches, indios, sirvientes, patrones y sacerdotes salían en procesión de antorchas cantando la letanía: "Del indio Alfaro, líbranos, Señor". El propio Alfáro tuvo que tomar la ciudad al mando de un poderoso ejército. La campaña duró dos meses. Se peleó calle por calle y casa por casa. Cuenca se defendió hasta con agua y aceite hirviendo. El 23 de agosto, la ciudad se rindió. Hubo 1.250 muertos. En Quito, la represión a los conservadores fue durísima: la Universidad y sus profesores fueron ultrajados y los periódicos, clausurados. En el cementerio de San Diego, el periodista Víctor León Vivar daba el adiós a los restos mortales de Pablo Herrera, académico de la Lengua y prominente político conservador. Cuando abandonaba el cementerio, fue cazado entre las tumbas por soldados alfaristas y acribillado a balazos. Pese a esta guerra religiosa y regionalista, el Gobierno gobernó: canalizó Guayaquil, construyó el mercado de Quito, reformó los aranceles, suspendió el pago de la deuda externa, apoyó la independencia de Cuba ante la reina de España, María Cristina, convocó un Congreso Internacional Americano en México para fomentar la unión latinoamericana, que no tuvo éxito, y llamó a elecciones para Asamblea Constituyente. Casi todos los elegidos fueron liberales y gobiernistas. Hubo fraude. La Asamblea se reunió en Guayaquil el 9 de octubre de 1896. Cuatro días antes, un tercio de Guayaquil había sido pasto de las llamas. Las pérdidas llegaron a 18 millones de sucres. PRESIDENTE La Asamblea trasladada a Quito por el incendio eligió a Alfaro presidente constitucional por 51 votos, más 12 votos en blanco, y promulgó la undécima Constitución el 14 de enero de 1897. Ésta consagró la libertad de cultos, abolió la pena de muerte, estableció la igualdad de los ciudadanos ante la Ley y quitó el privilegio de fuero para los delitos comunes. Cuatro cuidados principales ocuparon la atención de Alfaro en este período: las relaciones con la Iglesia, el ferrocarril, la obra pública, la paz interna y externa. La libertad de cultos violaba el concordato con la Santa Sede. Alfaro intentó renegociarlo de modo que Roma aceptara la separación entre la Iglesia y el Estado. La Santa Sede se mostró más flexible que la Iglesia local, pero no se llegó a un acuerdo. El Congreso Extraordinario de 1899 resucitó el Patronato colonial, que sometía la Iglesia al Estado. Lo hizo para impedir que el clero participara en la política partidista y para "inducirlo a vivir nuestra vida republicana, ... mediante el ejercicio sublime, pero exclusivo, de su ministerio", como dijo Alfaro. Los obispos y los conservadores obedecieron a medias. En 1900, se estableció el Registro Civil con lo que se arrebató a la Iglesia un instrumento de información y control ciudadano. Los cementerios pasaron a ser administrados por el Estado. Entonces el delegado apostólico de la Santa Sede para América del Sur, monseñor Pietro Gasparri, negoció con el canciller José Peralta, cabeza ideológica del radicalismo. Conferenciaron en Santa Elena, Guayas, y firmaron protocolos de reconciliación, que, al tiempo de ser ejecutados por el nuncio apostólico Bavona, fueron descono-cidos por Peralta. El secretario de Estado de la Santa Sede protestó. Y quedó consumada la ruptura con la Iglesia. En 1897, Alfaro celebró un contrato con el empresario estadounidense Archer Harman, de confesión protestante, para la terminación del ferrocarril Guayaquil-Quito. Desde Durán había construidos 70 kilómetros de línea estrecha. Todo el mundo se le opuso: los comerciantes y banqueros porque había contratado con una compañía extranjera, y había que renegociar la deuda externa y gravar con impuestos el comercio exterior. Los latifundistas de la Sierra, por la deuda externa y los trastornos que el ferrocarril acarrearía al mercado interno; la Iglesia, porque el contratista no era católico y porque con el ferrocarril llegaría la disolución de las costumbres. Alfaro se mantuvo firme: "Don Miedo nunca fue buen consejero. El decoro nacional no consiente un paso atrás", telegrafió a Luis Felipe Carbo, su ministro en Washington. La obra pública fue inteligente: sancionó la Ley de Instrucción de 1897, que reservaba al Estado el control de todo el ciclo de enseñanza, incluida la universitaria; la educación debía ser laica y gratuita, y la primaria obligatoria; inauguró los primeros colegios normales para preparar maestros de primaria, fundó el Colegio Nacional Mejía, entregó la recaudación de impuestos en la Costa a una compañía privada, la Sociedad de Crédito Público; adoptó el patrón oro como base del sistema cambiario y norma referencial para el comercio exterior; reorganizó las Fuerzas Armadas, abrió la administración pública a la clase media, y las oficinas del Estado a la mujer trabajadora. En 1900, Ecuador concurrió con éxito a la Exposición Mundial de París; se trasladaron solemnemente a la catedral metropolitana los restos mortales del Mariscal Antonio José de Sucre, descubiertos en el subsuelo del Carmen Bajo de Quito. La paz interna fue perturbada por sucesivos levantamientos de los conservadores. Primero en Riobamba, en 1897, lo que dio pie a excesos en el colegio San Felipe: El padre Emilio Moscoso, superior del colegio, fue asesinado por las tropas alfaristas, que profanaron las hostias consagradas. Al año siguiente, se levantó en Cuenca el coronel Antonio Muñoz y fue derrotado por el coronel Ullauri, liberal. En 1898, la lucha fue en Taya y Guangoloma, Cotopaxi. Se mutilaron las orejas de los pri-sioneros reincidentes, vencidos en Taya. En 1899, fue derrotado en Sanacajas, Chimborazo, el general conservador José María Sarasti. Los desterrados al Perú atacaron Loja. Las mutuas intromisiones de liberales ecuatorianos apoyados por Alfaro en Colombia y de conservadores colombianos en Ecuador causaron tres batallas entre 1898 y 1900, que aunque localizadas y sin consecuencias internacionales, fueron sangrientas. En la de Tulcán, el 22 de mayo de 1900, murieron 800 combatientes, en su mayoría colombianos. Destacó en este conflicto la doctrina del obispo de Ibarra, Federico González Suárez, que se opuso a los invasores conservadores de la llamada "Restauración Católica", aduciendo que no era moral sacri-ficar los intereses del Ecuador por querer salvar los de la Religión.

SEGUNDA PRESIDENCIA DE ELOY ALFARO Jefe Supremo: 16 de enero a 9 de octubre de 1906. Presidente Interino: 9 de octubre de 1906 a 1 de enero de 1907. Período Presidencial: 1 de enero de 1907 a 11 de agosto de 1911. Primera Dama: Ana Paredes Arosemena. Vicepresidente: La Constitución de 1906 suprimió la vicepresidencia. Eloy Alfaro
TRES HECHOS PRINCIPALES
El golpe militar de Eloy Alfaro contra el presidente Lizardo García influyó para que los dos primeros años de la segunda presidencia del Viejo Luchador fueran perturbados por la oposición de los liberales placistas y de los conservadores. Lo más notable de este segundo período fue la consolidación del laicismo, la llegada del ferrocarril a Quito y la unión nacional en torno al conflicto bélico con el Perú. El 9 de diciembre de 1906, el general conservador Antonio Vega Muñoz levantó a Cuenca contra Alfaro. Vega esperaba refuerzos conservadores de otras provincias de la Sierra. Fue derrotado por el general liberal Ulpiano Páez en Ayancay, entre Azuay y Cañar. Vega murió de un balazo cuando entraba a pie en Cuenca como prisionero de las tropas alfaristas. Los gobiernistas dieron la versión de que Vega se había suicidado; pero lo más probable es que fue asesinado.
Este hecho aumentó la impopularidad de Alfaro. Vega era un ciudadano distinguido y respetado en Ecuador. La impopularidad creció cuando en el mismo mes de diciembre el batallón "Vargas Torres" saqueó la ciudad de Loja con la connivencia de las autoridades alfaristas locales, y cuando el desmán quedó impune. Muchos liberales radicales se pasaron a la oposición. Había descontento contra los abusos del Ejército, cuyo liderazgo iba escurriéndose de las manos de Alfaro, quien, débil y achacoso, permitía que el Poder se repartiera entre los favoritos y sus familias. Consultado el nuevo arzobispo de Quito, Federico González Suárez, sobre qué hacer contra estos y otros abusos, aconsejó votar por personas capaces y patriotas. En Quito se constituyó un Club Político Universitario para luchar por la libertad de sufragio en las elecciones del próximo Congreso. Como se preparaba el fraude electoral, el pueblo se levantó para apoyar a los universitarios. El 25 de abril de 1907 se dio un choque sangriento. Alfaro perdió el apoyo de un sector de los intelectuales. Un poco más tarde, el 19 de julio, se intentó asesinar a Alfaro en la gobernación de Guayaquil. Al defenderlo, murieron ocho oficiales, y se fusiló a ocho de los 16 complotados que habían sido reducidos a prisión.
EL ESTADO LAICO

Pero la Revolución Liberal consiguió afianzarse aunque sólo institucionalmente. La Constitución promulgada el 23 de diciembre de 1906, la duodécima desde la fundación de la República, llamada "atea" por los conservadores, consagró el laicismo en el Estado, la educación y la familia y defendió la libertad de conciencia colocando las demás religiones a la par de la Católica. Perfeccionó la independencia de los tres poderes del Estado y amplió las garantías ciudadanas. Esta Carta Política se convertiría en el referente mayor del derecho constitucional ecuatoriano. La Convención que la promulgó eligió presidente a Eloy Alfaro por 41 votos contra los 16 que obtuvo el guayaquileño Carlos Alberto Aguirre. Tres convencionales votaron en blanco. El 6 de noviembre de 1908 se promulgó la Ley de Beneficencia, más conocida como "De manos muertas". Su primer artículo decía: "Decláranse del Estado todos los bienes raíces de las comunidades religiosas establecidas en la República". Y el segundo: "Adjudícanse las rentas de los bienes determinados en el artículo primero a la beneficencia pública". La mitad de las rentas producidas por esos bienes fue para la sustentación de los religiosos y religiosas despojados de ellos, y la otra mitad para hospitales y obras sociales. En 1910 se promulgó una ley que autorizó la venta de los terrenos adyacentes a las iglesias y conventos con el objeto de finan-ciar la defensa nacional. La Revolución, sin embargo, no avanzó en el terreno de los cambios estructurales de la tenencia de la tierra y de la distribución del ingreso a favor de las clases populares y campesinas. La Revolución había sido castrada por la burguesía liberal. Una fracción de esta burguesía, la comercial y bancaria, se opuso al fomento de la industria nacional, uno de los proyectos favoritos de Alfaro, quien había promul-gado en 1906 la primera Ley de Protección Industrial y en 1908, la Ley de Marcas y Fábricas. El sector bancario tuvo una rápida expansión: se fundaron en Quito los bancos del Pichincha (1906), de Crédito (1907), y de Préstamos (1909), y en Gua-yaquil la Caja de Préstamos y Depósitos La Filantrópica (1908). Alfaro perdió el apoyo de las bases populares cuando estas empezaban a organizarse: se fundó en 1906 el Partido Liberal Obrero y en 1909 se reunió en Quito el Primer Congreso Obrero.

PAZ Y GUERRA
La llegada del ferrocarril transandino a Quito el 25 de junio de 1908 fue el triunfal Domingo de Ramos para el acosado presidente. El arzobispo de Quito ordenó echar a vuelo las campanas. Hubo fiestas populares y oficiales. El regocijo fue intenso. "Día", dijo Alfaro, "el más glorioso de mi vida porque es la realización de los más grandes ideales del país y que han sido y son los míos propios". Quedaba una deuda muy grande y la ilusión de que este ferrocarril transformaría a Ecuador. Sólo fue así a medias. La oposición, con razones, se opuso al contrato Charnacé para construir un ferrocarril entre Ambato y el Curaray a cambio de una gran ex-tensión de la Amazonía. Y también se opuso con pasión a los ferrocarriles Quito-Ibarra, Ibarra-Esmeraldas, Guayaquil-Manta-Bahía de Caráquez y Guayaquil-Machala. Alfaro recobró su popularidad no solo con el ferrocarril Guayaquil- Quito sino por su decidido liderazgo en la contienda limítrofe con el Perú en 1910. El laudo arbitral del Rey de España estaba próximo a pronunciarse, y se supo que iba a ser desfavorable a Ecuador. "El Perú había comprado con oro, derramado pródigamente, a todos los españoles que tenían que tomar parte en el proyecto del laudo", opinaba González Suárez en una carta privada. Y aunque el laudo hubiese sido favorable a Ecuador, Perú había declarado por boca de sus representantes en Madrid y de su propio presidente que "si peruanos ocupaban (ya) todo el Oriente, estas tierras son y serán peruanas contra todas las declaraciones del mundo". Los ánimos populares se encendieron. El 3 de abril de 1910 fueron atacados en Guayaquil el Consulado del Perú, algunos establecimientos comerciales y un barco mercante de ese país. Hubo desmanes parecidos en Quito. Ecuador dio satisfacciones, pero el Perú respondió con un ultimátum incumplible para el honor nacional. Alfaro encargó la presidencia y se puso al frente de un Ejército de 25 mil soldados y una reserva de 20 mil voluntarios. Todo el Ecuador lo respaldó a través de Juntas Patrióticas Nacionales. No se llegó a combatir porque mediaron Argentina, Brasil y Estados Unidos. Ecuador se abría lentamente al progreso: el teléfono presidencial era el número 3, Guayaquil estrenó tranvías eléctricos y Quito, una planta eléctrica en Guápulo. Se creó la Cruz Roja y se estableció la Sanidad Pública. En 1909 se celebró el centenario del Primer Grito con la inauguración del monumento a los Héroes de la Independencia en la plaza mayor de Quito y con una Exposición Internacional. En 1906 se fundó el diario "El Comercio". La oposición conservadora se benefició del llanto de la efigie de la Dolorosa en la capilla del internado del Colegio San Gabriel de los jesuitas en Quito el 20 de abril de 1906.
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