Vicente Rocafuerte (1801-1864)
VICENTE ROCAFUERTE (1783- 1847) "Puso las bases orgánicas de la República". (Jorge Salvador Lara) PRESIDENCIA DE VICENTE ROCAFUERTE Jefe Supremo del Departamento del Guayas: 10 de septiembre de 1834 a 22 de junio de 1835. Jefe Supremo del Estado: 22 de junio a 8 de agosto de 1835. Período Presidencial: 8 de agosto de 1835 a 31 de enero de 1839. Primera Dama: Baltasara Calderón. Vicepresidente: Juan Bernardo León. V. Rocafuerte
CREADOR DE LA REPÚBLICA


Si Flores fue el "El Fundador de la República" y el "Padre de la Patria", Rocafuerte fue el "Re-creador del Estado". Demostró que la república era gobernable y la patria, edificable. Recibió un país dividido y entregó un estado en orden y progreso. Para lograrlo se jugó entero por sus principios modernistas: si ellos le exigían que pasara por tirano a fin de extirpar la anarquía, Rocafuerte no vaciló en hacerlo, pues sabía por experiencia que la anarquía tolerada conduce a la tiranía perpetua. Rocafuerte reprimió con más dureza que García Moreno y que Alfaro, pero nunca trató de permanecer en el poder más allá del tiempo asignado por el mandato de la ley porque nunca renunció a sus convicciones democráticas. Ningún presidente ecuatoriano hasta la fecha ha llegado a la primera magistratura con la formación pública e internacional de Rocafuerte. Por extracción de clase, por riqueza, por educación y por la fuerza del Destino fue un ser privilegiado. Su mérito radica en haber puesto este caudal al servicio de lo público: primero de Guayaquil, más tarde de Hispanoamérica y finalmente de Ecuador. En efecto, pertenecía a los notables del Puerto (Rocafuerte, Rodríguez, Bejarano, Lavayen). Heredó latifundios. Estudió en los colegios de nobles de Madrid y de Paris, donde trató a Carlos Montúfar, uno de los protagonistas de la independencia quiteña, y a Bolívar. A los 24 años de edad regresó a Guayaquil. Fue apresado en 1809, pues su tío el coronel Jacinto Bejarano se carteaba con los patriotas quiteños de agosto. Sirvió a la ciudad como alcalde ordinario, y Guayaquil lo eligió su representante ante las cortes de Cádiz (España). Cuatro años permaneció en Europa. Napoleón había invadido España y depuesto ignominiosamente a sus reyes. Pero el pueblo español se constituyó soberano en la Junta Central de Gobierno que convocó a Cortes (1812). A ellas se integraron también Olmedo y José Mejía Lequerica, el orador quiteño, cuñado de Espejo. "Iban", como escribió Rocafuerte, "a defender el derecho constitucional de los pueblos y trabajar por la independencia de América". Las Cortes andaban divididas entre "persas" (absolutistas) y liberales. Rocafuerte se unió a éstos; pero expulsados los franceses, volvió al poder el rey Fernando VII (1814), más prepotente y más ciego que antes. Rocafuerte fue perseguido, viajó por Europa y regresó a Guayaquil en 1817. Siguió con interés el proceso de la independencia y a su modo contribuyó con él enseñando francés en textos revolucionarios como el "Contrato Social", de Rousseau. Y entonces intervino el Destino. La madre de Rocafuerte obligó a su hijo a emigrar a los Estados Unidos (1819). Y el hijo de 36 años, soltero aún, la obedeció. La madre buscaba alejarlo del peligro de la guerra independentista. El Destino buscaba poner a Rocafuerte en las capitales de los imperios que pesaban en la independencia de América. Rocafuerte no volvería a Guayaquil sino 14 años después. Se convirtió en el primer ideólogo de la soberanía de Hispanoamérica como emisario de Bolívar en España, revolucionario en México, estudioso de la libertad, la tolerancia religiosa, la democracia y la educación en los Estados Unidos, agente de los destinos de Cuba, diplomático de México en Wáshington y Londres y obrero del reconocimiento de la independencia de los estados hispanoamericanos en los Estados Unidos e Inglaterra, en Holanda y Rusia, en Suiza, Francia y Roma. Negoció préstamos para México y la Gran Colombia. El federalista Rocafuerte no vaciló en censurar con exagerada severidad las tendencias conservadoras y centralistas del Libertador (1826-1829). En todo este tiempo de su tercera ausencia de la patria procuró encender la llama de la unión continental. "Pero ya en 1829 había desaparecido toda esperanza de constituir una confederación hispanoamericana", como afirma Jaime E. Rodríguez en "El nacimiento de Hispanoamérica". Desilusionado, regresó a Guayaquil (1833), donde contrajo un tardío matrimonio con su prima Baltasara, hija del coronel Francisco Calderón, el patriota fusilado en Ibarra en 1812 y padre de Abdón Calderón, el "Héroe Niño del Pichincha". Cansado de tanta actividad, se dedicó a cultivar sus latifundios y a explotar sus minas en Santa Elena. Y nuevamente intervino el Destino. Reponiéndose de una caída de caballo, mataba el tiempo con la lectura de "El Quiteño Libre", periódico de tesis liberales y filosóficas redactado principalmente por el imbabureño Pedro Moncayo. "El Quiteño..." era el órgano de la sociedad revolucionaria del mismo nombre fundada por el coronel irlandés Francisco Hall, discípulo del filósofo utilitarista Jeremy Bentham Este periódico rabiosamente antifloreano despertó en Rocafuerte la nostalgia de la vida pública: ingresó, pues, a esa sociedad y fue elegido diputado por el departamento de Quito.


La vida política de Rocafuerte entre esta primera diputación y su acceso a la presidencia de la República quedó reseñada más arriba en la primera administración de Flores. Luego de su presidencia ocupó la Gobernación del Guayas hasta 1843 e integró la Convención de Quito representando a Cuenca. Y cuando se expidió la tercera Constitución ecuatoriana, que prolongaba la presidencia de Flores hasta 1851, Rocafuerte no pudo más: renunció, se marchó a Lima y desde allí combatió el providencialismo de Flores. Depuesto Flores en 1845, Pichincha eligió a Rocafuerte para la Convención de ese año reunida en Cuenca. Elegido senador en representación de cuatro provincias, tuvo que dejar este servicio por otro más urgente, armar un frente continental contra Flores, que desde Europa preparaba una invasión al Ecuador. ¿Quién mejor que Rocafuerte para ello? Santiago de Chile, La Paz, Lima contemplaron sus afanes. En esta ciudad, como escribió su secretario Pedro Carbo, "vio al fin llegar la muerte sin alterarse y la recibió tranquilamente": no en vano había sido un cristiano de convicciones, un católico tolerante, un devoto de la Virgen del Rosario del Arco de la Mama Cuchara en Quito. Los historiadores lo han tratado muy bien. Aunque irascible de carácter, vanidoso por razones de Estado y fácil presa del adulo a su persona, fue firmísimo en sus decisiones cuando "la felicidad y el adelanto del país" estaban de por medio. Rocafuerte es el primer presidente que trascendiendo los intereses regionalistas y sus propios intereses de terrateniente pensó en lo público como categoría de servicio y creyó en el país. Su pensamiento queda consignado en 17 volúmenes de ensayos, cartas, discursos y polémicas. Ecuador se benefició durante ocho años del talento ejecutivo de Rocafuerte como jefe supremo del Guayas, jefe supremo de la República, presidente del país y gobernador de Guayas entre 1839 y 1843. Rocafuerte fue el verdadero re-creador del Estado ecuatoriano, y no porque lo hubiese sacado de la nada sino porque lo sacó del caos en que se hallaba sumido por las circunstancias reseñadas. Las líneas maestras de esta re-creación fueron el ordenamiento económico administrativo, la educación del pueblo, la reforma social y el principio de autoridad.


EL ADMINISTRADOR

Ya desde la jefatura suprema del Guayas reorganizó la administración pública del departamento, rebajó los derechos portuarios y de anclaje para favorecer el comercio, abolió el tributo de los indios en el Guayas y suprimió las doctrinas parroquiales, pues so pretexto de catequesis se perpetuaban como medios ideológicos la servidumbre indígena y la obediencia ciega a clérigos y hacendados. Sus reformas económicas respondían al principio liberal de que "el mejor gobierno es el menor gobierno". Por tanto, era antiproteccionista en materia de importaciones, pues creía que la competencia con productos del extranjero mejoraría la producción y redundaría en beneficio del pueblo. Rocafuerte halló en Francisco Eugenio Tamariz un ministro de Hacienda competente. Tamariz preparó tres decretos para reducir los crecidos derechos de importación y exportación, para regular y controlar el crédito interno y para amortizar la deuda pública interna, que llegaba al millón doscientos mil pesos. Los contrabandistas y quienes medraban con el cobro de abultados intereses al Estado pusieron el grito en el cielo. Se trataba de los comerciantes importadores y de los exportadores de cacao, a quienes el Estado pedía prestado dinero en cada penuria fiscal. El general Flores, a la sazón presidente del Senado, se hizo eco de esos gritos. Los decretos fueron tachados de inconstitucionales y los ministros Tamariz y el de Guerra, Antonio Morales, que apoyaba la reforma, fueron descalificados en este primer juicio político de la legislatura ecuatoriana. Rocafuerte los removió y sacrificó, salvándose así de ser él mismo enjuiciado. Pese a esta oposición, se dictó la primera Ley de Hacienda que mejoraba las recaudaciones, organizaba la contabilidad e inspeccionaba las cuentas; se inscribió y reguló la deuda interna, y se empezó a amortizarla (200 mil pesos en un solo año). El Congreso reconoció oficialmente la deuda grancolombiana y aceptó pagar la porción de ella señalada por Colombia y Venezuela durante la primera presidencia de Flores. Rocafuerte puso orden en la burocracia y le exigió puntualidad y eficiencia. Mejoró los caminos incluso los que entraban al Oriente, impulsó la navegación fluvial, alentó la producción agrícola y planeó la colonización de lo que hoy se llama Amazonía. Para ello esperaba emplear el Ejército. Asimismo proyectó la colonización agrícola de Esmeraldas con ayuda de inmigrantes ingleses, aunque por variadas circunstancias ninguno de los dos proyectos se hicieron realidad.


EL EDUCADOR


En el campo de la educación obró bajo los principios de que ella debía responder a las necesidades del país y de la época. Trabajó por una legislación adecuada. La educación primaria debía ser más universal. Se instaló en Quito la primera imprenta para producción de textos escolares. La educación media debía extenderse también a la mujer y volverse más práctica. La educación universitaria debía dirigirse a la formación de profesionales útiles para la salud y el desarrollo productivo (médicos generales, obstetrices e ingenieros). Estos principios se aplicaron poco a poco: se creó un primer colegio para señoritas, el de Santa María del Socorro en El Beaterio (Quito), con un maestro chileno especializado en educación de la mujer. Se secularizó el colegio San Femando de la Plaza de Santo Domingo en Quito, porque en manos de los frailes dominicos andaba decaído y anticuado: ¡todavía enseñaban que la tierra era el centro inmóvil del universo!. Se abrió un colegio agrario, se inauguró el colegio San Felipe en Riobamba y la Escuela Náutica de Guayaquil regentada por Juan Illingworth. Rocafuerte influyó para que la universidad se modernizara con menos abogados y teológos y más gente servidora de las necesidades del país. Así se fundaron la cátedra de Medicina en el hospital de Cuenca y el anfiteatro de Anatomía en Quito. Además, impulsó la cultura como un medio de influir en el espíritu de esa aislada sociedad. Se catalogaron las obras de arte para formar un museo nacional, se creó la Sociedad Filantrópico-Literaria de Quito y la primera orquesta de música clásica, y se restauraron las pirámides que conmemoraban la presencia de los académicos de ciencias franceses en la Real Audiencia de Quito a mediados del siglo XVIII. La reforma social se dirigió a la abolición de algunas instituciones que justificaban la desigualdad, a velar por la seguridad de la gente, a moderar el influjo del clero y acallar a la prensa de oposición. Dentro de esta política social se explica la abolición en todo el país de las doctrinas (catequesis de lavado cerebral) parroquiales y privadas, el fortalecimiento de la Policía y la Guardia Nacional, la creación de un cuerpo de Bomberos, los intentos por reducir al orden a los militares "pandilleros", la creación de un Colegio Militar en Quito, la prohibición de que eclesiásticos con cargos votasen para elegir a los constituyentes de la Convención de Ambato y el empeño porque la tolerancia religiosa empezara a ser una norma de conducta en un país fanatizado por siglos. Esta obra vasta y compleja en un país sin una fuerte identidad nacional, dividido por los antagonismos de la clase dirigente y hecho a la anarquía del militarismo extranjero de los años de Flores fue llevada a cabo en un ambiente de paz. Pero de una paz impuesta por la fuerza y de una represión justificada en nombre de la tranquilidad pública. Todo intento de rebelión fue sofocado. Pasó por las armas sin contemplaciones ni tardanzas a 73 cabecillas de varias revueltas: las organizadas por los emigrados del Perú (1835), las de los rebeldes de Esmeraldas y las de los emigrados en Nueva Granada (1836). "A mí no me arredra el título de tirano", "en este país de insensatos hay que gobernar a latigazos" son frases con que Rocafuerte justificaba sus métodos represivos casi siempre reñidos con la letra de la ley. Casi siempre: porque la justicia absolvió al grupo de coroneles sublevados y derrotados en Hualilahua (1838), para quienes Rocafuerte había pedido la pena capital. La provincia del Guayas pudo beneficiarse durante cuatro años más del talento administrativo, visión y energía de Rocafuerte y sufrir también sus métodos arbitrarios. Quedan como recuerdo de esos años el colegio San Vicente -hoy Vicente Rocafuerte-, dotado con dinero y libros del propio gobernador, la lucha contra los falsificadores de moneda, y la conducta ejemplar del gobernador durante la epidemia de fiebre amarilla que azotó a Guayaquil en octubre de 1842. "¡Temiendo estoy de un momento a otro la caída de nuestro Rocafuerte. La continua agitación en que dicen que vive, su asistencia constante a los hospitales, al panteón, a las casas de los enfermos ... el aire pestilente que respira a toda hora ... Será un milagro que salga libre!", escribía Olmedo desde su refugio en la península de Santa Elena. La gobernación de Rocafuerte en el Guayas coincidió con la segunda presidencia de Flores. Ésta llevó la impronta del ímpetu civilizador de Rocafuerte.
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